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jueves, 14 de enero de 2016

EROS, DESEO, AMOR.

EL EROS DE PLATÓN.

¿Para qué sirve Eros a los hombres? Para hacerles amar las cosas bellas y buenas. ¿Para qué? Para poseerlas. ¿Qué le pasa al que las posee? Es feliz, ¿Por qué, entonces, todos no aman las mismas cosas bellas y buenas? Distingamos. Amor, en su sentido más lato, significa el universal deseo de lo bueno, que hace feliz, común a todos los hombres. Pero de todos los que tienden a satisfacer ese deseo, no se dice que aman, ni se les llaman amantes, sino de los que sienten una determinada especie de amor. En general, “el amor es, en suma, el deseo de poseer eternamente para sí lo que es bueno”; en particular, es “la creación en lo bello según el cuerpo y el espíritu”. Por eso, cuando un ser siente el deseo de procrear, se exalta y dilata de placer al acercarse a lo que es bello, y engendra, y produce. El objeto del amor no es, pues, el amor de lo bello, sino el amor de la generación y de la creación en lo bello, porque la generación hace participar de lo que es eterno y hace inmortal al que ha nacido mortal. Todos los animales, volátiles o terrestres, desean engendrar; la naturaleza mortal, que desea persistir y convertirse en inmortal, logra ese fin por la sola generación, que sustituye sin cesar un individuo viejo por uno joven. La inmortalidad sólo es posible de esta manera. Es, pues, necesario que, en el amor, al deseo del bien se agregue el deseo de la inmortalidad.

En los hombres, el deseo de la inmortalidad puede ser corporal o espiritual. Los hombres que son fecundos corporalmente se inclinan con preferencia a las mujeres, y su amor consiste en asegurar, mediante la procreación de los hijos, la inmortalidad y la perpetuidad de su nombre, imaginándose también, la felicidad para siempre. Pero los que son fecundos espiritualmente…, pues hay hombres que, para las cosas que produce el espíritu, tienen el alma más fecunda que el cuerpo, se inclinan con preferencia hacia los hombres. ¿Qué produce el espíritu? La sabiduría y las cualidades de alma engendradas por todos los poetas y artistas dotados de genio creador; la más alta y hermosa sabiduría, que usada para regir los pueblos se llama prudencia y justicia.

“Cuando un joven efebo, que ha llevado en su alma desde la infancia esas virtudes, llega a la edad madura, es poseído por el deseo de engendrar y de producir. Busca, entonces, probando aquí y allá, la belleza en la cual podrá engendrar, pues nunca podría producir en la fealdad. Como está rebosante de devenir, se enamora de los cuerpos bellos más bien que de los feos; y si en ellos encuentra un espíritu noble, bello y bien nacido, se enamora soberanamente de ese conjunto. Junto a tal hombre, discurre con abundancia sobre lo que debe ser y hacer el hombre de bien: se aplica a instruirle. Así, creo, por el contacto y el comercio de la belleza, desarrolla y engendra aquello que en germen tenía ya en su espíritu. Cerca o lejos de su elegido, piensa en él, y en comunión con él alimenta el fruto de su gestación. Entonces, la afinidad y el afecto con que se ligan esos dos seres, son mucho más grandes y más fuertes que los que podría vincularlos en un hogar, o en una familia, pues están unidos para procrear hijos más inmortales y más bellos”. Todo hombre preferiría engendrar esa clase de hijos del espíritu, más bien que hijos corporales. Los primeros han valido a sus productores templos numerosos; los segundos, engendrados en cuerpo de mujer, no hicieron nunca la grandeza de nadie.

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